26 de abril de 2026.
Lecturas: Hechos 2:42–47. 1 Pedro 2:19–25. Juan 10:1–10
El Señor Jesucristo, crucificado y resucitado, es nuestro buen pastor.
Aunque andábamos «descarriados como ovejas», el Señor Jesucristo sufrió y murió voluntariamente por nosotros, llevando nuestros pecados «en su cuerpo sobre la cruz» (1 Pedro 2:24–25). Sus heridas nos sanaron (1 Pedro 2:24), y en su resurrección nos reúne consigo como nuestro buen pastor, por cuya justicia «tenemos vida, y la tenemos en abundancia» (Juan 10:10).
Ahora, por medio de otros pastores a quienes llama y envía en su nombre, nos guarda y nos protege en los verdes prados de su Iglesia, conduciéndonos junto a las tranquilas aguas de nuestro bautismo y extendiendo ante nosotros el banquete de su mesa.
Puesto que Él nos ha llamado por medio del Evangelio a ser sus amadas ovejas, también “escuchamos su voz” y “conocemos su voz” (Juan 10:3-4) en la fiel predicación de su Evangelio, y lo seguimos por la fe. Cuando recibimos su Evangelio, tenemos la vida abundante y la unidad común de todo el rebaño bajo un solo Buen Pastor, en “la enseñanza de los apóstoles, la comunión” y en “el partimiento del pan y las oraciones” (Hechos 2:42).

