1 de marzo de 2026.
Lecturas: Génesis 12:1-9. Romanos 4:1-8, 13-17. Juan 3:1-17
La Palabra del Evangelio abre los ojos de la fe y los fija en Cristo Jesús.
El Señor llamó a Abram (Abraham) a dejar su hogar e ir a una tierra que Dios le mostraría. También prometió hacer de Abram una gran nación, bendecirlo y engrandecer su nombre como bendición para todas las familias de la tierra (Gén. 12:2-3). «Abram partió, como el Señor le había dicho» (Gén. 12:4), y en Canaán «edificó un altar al Señor e invocó su nombre» (Gén. 12:8). Creyó a Dios, y le fue contado por justicia (Rom. 4:3).
Aquí se manifiesta la gracia de Dios, que «justifica al impío» (Rom. 4:5), no por las obras de la Ley, sino por la fe en sus promesas. Él borra todos nuestros pecados e iniquidades por medio de Jesucristo, descendiente de Abraham, en quien se cumplen todas las promesas del Señor.
Este perdón de pecados es la Palabra del Evangelio, la voz del Espíritu Santo, que «da vida a los muertos» (Rom. 4:17). Abre los ojos de la fe para contemplar a Cristo Jesús, el Hijo del Hombre, levantado en la cruz, «para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Juan 3:14-15).

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