24 de mayo de 2026.
Lecturas: Números 11:24–30. Hechos 2:1–21. Juan 7:37–39
El Señor Jesús resucitado derrama el Espíritu Santo.
Cuando «un sonido como de un viento recio que soplaba» y «lenguas como de fuego» aparecieron y se posaron sobre cada uno de los doce apóstoles, «todos fueron llenos del Espíritu Santo» y proclamaron «las maravillas de Dios» (Hechos 2:2–4, 11). El Señor Jesús concede este mismo Espíritu a su Iglesia en la tierra para proclamarlo glorificado en la cruz y resucitado victorioso de entre los muertos por nosotros, pecadores.
Desde su corazón abierto, nuestro Señor crucificado y resucitado derrama su Espíritu Santo en «ríos de agua viva» (Juan 7:38) e invita a todo aquel que tenga sed a venir a Él y beber gratuitamente (Juan 7:37). Mediante esta obra vivificante del Espíritu Santo, oímos a nuestros pastores «contando en lenguas las maravillas de Dios» (Hechos 2:11), y «todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo» (Hechos 2:21).

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