28 de junio de 2026
Lecturas:Jeremías 28:5–9. Romanos 7:1–13. Mateo 10:34–42
El Señor Jesús trae división a la tierra en aras de la paz con Dios en el cielo.
Los falsos profetas predican lo que sus oyentes quieren oír, prometiendo paz incluso cuando el Señor ha anunciado «guerra, hambre y peste» (Jer. 28:8). Pero si «el SEÑOR ha enviado verdaderamente al profeta», este habla lo que el Señor ha dicho, y «la palabra de ese profeta se cumple» (Jer. 28:9).
La predicación de la Ley de Dios es dura, porque confronta el pecado, lo saca a la luz y lo agrava —haciéndolo «pecaminoso en extremo»—, produciendo así «la muerte» en el pecador (Rom. 7:13). Sin embargo, mediante nuestro Bautismo en Cristo, «hemos sido liberados de la ley, habiendo muerto a aquello que nos tenía cautivos» (Rom. 7:6). Ahora pertenecemos «a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios» (Rom. 7:4).
Pertenecer a Él nos pone en conflicto con el mundo y nos separa de todos los vínculos terrenales: no solo de nuestra familia humana, sino que separa a cada persona de su propia vida. Pues Cristo no viene «a traer paz, sino espada» (Mat. 10:34). No obstante, quien toma su cruz para seguir a Cristo, y «pierde su vida» por causa de Él, halla vida nueva en Él (Mat. 10:38–39).

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